Anoche dormí en el carro. Me fui de casa y aún no sé por qué.
Imagino que vivir a mi lado y esperar que las cosas vayan bien es como esperar que una planta florezca en el cambiante clima del desierto: una gran cosecha de espinas. Aunque en el fondo sé lo que quiero y lo que no, más puede ese motor que combustiona con ira, odio y un poco de amor enfermizo.
Anoche me quedé pegado al internet (sí, tengo una adicción: estar conectado en todos lados y a toda hora. Duermo con el Blackberry entre las manos. Manejo con la pantalla del mail abierta en el asiento del copiloto. Despierto con el sonido de los emails que ingresan… no puedo dejar de verlos) y leí mucho sobre el caso de Edmundo Camaná. Fue entonces cuando empezó todo: hice una maleta con mi ropa a las tres de la mañana y a la pregunta de “Amor, dónde vas?” una metralla de razones extrañas y absurdas motivaron una discusión y ya en el auto un mensaje de texto la imaginación post bronca idiota se resumió en las sospechas de otra mujer.
Nada más falso. No fui a ningún sitio. Sólo quería manejar.
Y eso hice. Manejé sin rumbo, me metí al Centro y me perdí. De noche hay lugares extraños, realmente detenidos en el tiempo. Vacíos. Me acomodé en un rincón oscuro y dormí un rato pensando en la vida de este señor: imagen durante tantos años de la CVR y ahora el caballito de batalla para desprestigiarla. ¿Pero alguien se preocupó de él?
Edgar Núñez sostiene que la CVR nunca se preocupó por el pobre Don Camaná. Yo pienso: ¿y no será el gobierno quien debía preocuparse por él? No es la CVR quien debe preocuparse de las víctimas de esas décadas, sino son las autoridades quienes deberían estar ahí cuando se les necesita. Y Edgar Nuñez es una autoridad: representa a un grupo de peruanos. Entre los que debería haber estado Edmundo Camaná.
Pero tampoco estuvo. Y estuvo para desaparecerlo. Estoy seguro.
Enciendo un cigarro, son las 4:30 am, el cielo comienza a ponerse de ese azul nostálgico que tantas veces vi. Y ahora estoy con las maletas hechas para ninguna parte. Me da asco vivir tranquilo, en casa, con mi mujer, con mi familia: encender la televisión y ver unos tipos que por hacer reír a la gente hacen el ridículo, ver novelas con las historias recicladas, copias de copias de copias. Sólo que peor actuadas, con tanto novato con ínfulas de actor o de estrella. Mientras tanto, en algún lugar de Lima alguien trama algo.
No puedo seguir así. Este país no puede seguir así.
Alguna vez, de joven, pensé en lo mismo. Salí a la calle. Quería ayudar, hacer algo. No existía internet y no tenía idea de cómo hacer para reclutar otras personas que, como yo, estuvieran hartas de toda la podredumbre que anida en las bases de nuestra sociedad. Que tuvieran el mismo asco del fango sobre el que criamos a nuestros hijos, comemos, dormimos. Formar una especie de liga. Ser justicieros. (Búrlense, pero revisen su cerebro antes de los veinte años y la mayoría de ustedes algo de eso ha pensado).
Eran otros tiempos, habían otros crímenes. Los enemigos luchaban organizadamente y eran fanáticos. Yo era más romántico y me adelantaba al Club de la Pelea siendo una especie de Tyler Durden para quienes tuvieran la misma rabia que yo.
Hoy creo menos en la convicción de la gente. Creo menos en las luchas idealizadas y más en las mercantiles. Eso abunda y crece de manera proporcional al hambre de la gente.
También han cambiado los malhechores. Los más grandes viven protegidos en fortalezas infranqueables: Lurigancho, Piedras Gordas, etc… y desde ahí ordenan, organizan y sentencian.
Pero los más peligrosos salen en la tele. Los vemos en los programas de la noche, hablando en saco y corbata, sonriendo ojerizos con ensayadas respuestas. Su impunidad me da asco. No me deja vivir.
Abro la guantera y observo mi cuchilla. Está afilda y nadie sabe que la tengo. Es silenciosa, grande y efectiva con el pescado. Pienso en esos sobrenutridos y malos políticos caer uno a uno, formando una ruma de carne, trajes y Hugo Boss.
Es imposible, pienso mientras la vuelvo a esconder en su lugar: No podría con todos. Son como un virus. ¿Y los que vendrán? Hay otra hiena esperando que caiga Eduardo Nuñez. Y seguro es su amigo. Seguro toman Johny Walker en algún lugar juntos mientras ámbos esperan que el otro caiga.
Si algo he aprendido en esta vida es que lo único que podría pasar, si mis sueños juveniles se volviesen realidad, es darles la excusa perfecta para perder lo único que nos queda: la libertad.
¿Pero qué hago con la libertad? ¿Qué hago con MI LIBERTAD?
Oigo un ruido cerca, un tipo rebusca en la basura frente a mi auto. Desarma las cajas y deja todo regado en la mitad de la pista. Se lleva unos plásticos, desarma las bolsas, se lleva la caja. Tras de si deja un alboroto de trapos sucios y bolsas rotas. Enciendo las luces: pobre diablo. Se va. Manchas rojas en los trapos llaman mi atención: es sangre.
Tomo nuevamente mi arma y bajo del auto. El hombre ha desaparecido. No veo a nadie cerca. La luz de los faros es potente y puedo ver que sí, efectivamente es sangre. Me acerco preocupado y descubro algo asqueroso: montones de gasas ensangrentadas al lado de una bolsa rota y maloliente que deja ver, por un lado, algo como tripas, sebo, algo amarillento. Me dan náuseas y regreso al auto.
Retrocedo para salir de ahí y miro hacia atrás: a media cuadra hay un hospital. Cosas del destino, el Hospital Militar.
Parto, pero no a mi casa. Tal vez vaya a la oficina a trabajar un poco, hasta que sea de día. Manejo por la Brasil y entro al Circuito de Playas. “¿Y qué hago con mi libertad?” pienso…
Nada. ¿Qué voy a hacer?








